Informe sobre la CNT de la Policía de Vichy


Juan Montseny, Federico Urales, en la frontera camino del exilio, 1939 (Archivo La Alcarria Obrera)



El catastrófico final de la Guerra Civil española empujó al exilio a cientos de miles de españoles; los que no consiguieron un billete para América o para la URSS se vieron muy pronto amenazados de nuevo por el fascismo, tras la ocupación de Francia y de sus colonias del Norte de África por los ejércitos de Adolf Hitler. Lejos de caer en la desesperación, los combatientes españoles retomaron sus armas y prosiguieron su combate antifascista en Francia, tanto en la que había sido ocupada por el régimen nazi alemán como en la que estaba gobernada por el régimen títere del general Petain. Reproducimos un interesante documento confidencial de la policía francesa de Vichy, que pone de manifiesto la férrea voluntad de los anarquistas españoles de continuar la resistencia y la densa red de contactos que, con sus diferencias y enfrentamientos, tejían los cenetistas. Además, es un buen ejemplo del desconocimiento de la policía francesa de la realidad del movimiento libertario exiliado en su país. 

Vichy, 20 de enero de 1942

MUY SECRETO 

Nota: El Movimiento Libertario Español en Francia 

Hace algunos meses, los servicios de policía de Casablanca descubrieron un centro de propaganda anarquista entre los ambientes de refugiados españoles en Marruecos. Las instrucciones para esta propaganda extranjera venían de Francia, donde el movimiento parecía estar dirigido par los llamados "Germinal" y "Marín".

Una investigación efectuada por el Comisario Taupin, de la Inspección General del Servicio de Policía Judicial, dio como resultado la identificación de los promotores de este Movimiento Libertario, que se habían constituido como su Comité Nacional.

Origen 

El origen del Movimiento Libertario debe buscarse en España, donde nació y donde, desde hace poco menos de un siglo, se desarrolló, bajo la influencia de los teóricos de la Primera Internacional, entre los medios obreros españoles donde, por otro lado, encontró un terreno favorable pues allí los individuos, por su propia naturaleza, llevan el germen del anarquismo.

El Movimiento Libertario se tradujo en el plano político en la fundación de la Federación Anarquista Ibérica y en el plano sindical en la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo.

Es preciso no olvidar que la F.A.I. permaneció siempre en la clandestinidad, por lo que necesitaba un instrumento oficial para poder ejercer su influencia sobre los poderes públicos. Este intermediario es la C.N.T., en la que sus dirigentes son, en general, afiliados a la F.A.I. o, cuando menos, simpatizan con las ideas libertarias y es a través de ellos como se ejerce esta influencia.

La participación en el gobierno de Largo Caballero con el grado de ministros de cuatro representantes de la C.N.T. es un ejemplo muy significativo, pues Federica Montseny, Juan García Oliver, Juan Peiró y Juan López son, ante todo, los representantes de la F.A.I.

La familia libertaria está constituida por la C.N.T., la F.A.I. y las Juventudes Libertarias. 

El Movimiento Libertario en Francia 

La derrota del ejército republicano español obligó a los dirigentes y a los afiliados de la C.N.T. y de la F.A.I. a refugiarse en Francia.

El Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (S.E.R.E) y la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (J.A.R.E), organismos creados en Paris para ocuparse de los asuntos de emigración y de alojamiento de los refugiados republicanos, permitieron a los líderes del Movimiento Libertario intentar una tímida tentativa para reagrupar a sus afiliados, pero este ensayo fue de corta duración, porque el S.E.R.E y la J.A.R.E. fueron disueltos y sus dirigentes conducidos ante los tribunales del [departamento del] Sena por infringir los decretos del 12 de agosto y del 26 de septiembre de 1939.

A pesar de estas medidas, la cuestión de la emigración y el alojamiento de los refugiados sigue estando muy presente en los ambientes españoles, y los antiguos colaboradores del S.E.R.E y de la J.A.R.E. continuaron su actividad en colaboración con la legación de México que, en virtud de los acuerdos franco-mejicanos del 22 de agosto de 1941, se encargaba en Francia del problema de los refugiados españoles, substituyendo en realidad a los dos organismos que se habían creado en Paris y que habían sido, como acabamos de decir, disueltos.

Éstos, bajo la cobertura de la correspondencia y de circulares que trataban asuntos de emigración, iban extendiendo la propaganda libertaria, inspirada por un "Comité Nacional" cuyo Secretario General no era otro que el marido de Montseny: Jaime José [Germinal] Esgleas, nacido el 5 de octubre de 1903 en Malgrat, y deportado a Salon (Dordogne), individuo que figuraba en las listas de sospechosos de la Police Nationale desde el 15 de junio de 1938 como propagandista anarquista.

Los otros miembros del "Comité Nacional" eran: Federica Montseny Mañé, esposa de Esgleas, nacida el 12 de febrero en Madrid, deportada en Salon (Dordogne), ex-Ministra de la Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Largo Caballero, propagandista notoria y conocida en los archivos de la Police Nationale como anarquista.

Germinal de Souza, nacido el 22 de mayo de 1906 en Oporto (Portugal), de nacionalidad española, Secretario de la F.A.I., miembro de la C.N.T., que aparecía en la lista n°2 de individuos sospechosos de amenazas terroristas que fue publicada por la Police Nationale con la siguiente mención: "expulsado de España como anarquista peligroso".

Francisco Isgleas Piernau, nacido el 16 de febrero de 1916 en San Feliú de Guixols, antiguo Comisario Político del Ejército [Popular], Consejero de Defensa de la Generalitat de Cataluña, miembro de la Comisión política de la C.N.T., miembro de la F.A.I., figura como terrorista en la lista de sospechosos n°1 de la Police Nationale desde abril de 1939.

Valero Mas Casas, nacido el 24 de mayo de 1894 en Barcelona, Consejero de Economía, de Servicios Públicos y de Asistencia Social de la Generalitat de Cataluña, miembro de la C.N.T. Pedro Herrera Camarero, nacido el 18 de enero de 1909 en Valladolid, Presidente de la Junta de Comercio Exterior de Cataluña, Ministro de Asistencia Social y de Sanidad en el gobierno de Cataluña. Secretario del Sindicato de Cataluña de C.N.T. Miembro del Comité Peninsular de la F.A.I. y delegado del Consejo General de la S.I.A (Solidaridad Internacional Antifascista).

Es preciso señalar que algunos miembros del Movimiento Libertario, y entre otros aquellos que habían constituido en Madrid, bajo la presidencia del General Miaja, la Junta de Defensa de esta ciudad, último núcleo de la defensa republicana, y que se habían refugiado en Londres, en 1939, no quisieron reconocer la autoridad de Esgleas ni de este Comité Nacional.

Esta tendencia, conocida bajo el nombre de los "Amigos de Londres" tiene por representantes a:
Manuel Salago y José González Pradas, que se reunieron en Londres con: Manuel González Marín, llamado "Manuel Marín", nacido el 4 de julio de 1898 en Archena, deportado a Albefeuille-Lagarde (Tarn-et-Garonne). Miembro del Consejo Nacional de la Junta de Defensa de Madrid y que figura en los archivos de la Prefectura de Policía como miembro activo de la C.N.T. y de la F.A.I. y como anarquista peligroso para el orden público.

Eduardo del Val Bescós, llamado "Val", nacido el 13 de octubre de 1908 en Jaca, deportado en Toulouse, número 20 de la calle Beauséjour. Delegado del Gobierno para la organización de las milicias en Madrid. Consejero de la Junta de Defensa de Madrid.

Francisco Ponzán Vidal, nacido el 30 de marzo de 1912 en Oviedo, deportado en el domicilio de la señora Viñuales en el número 41 de la calle Limarec de Toulouse.

Propaganda. 

La acción propagandista se desarrolla mediante el envío de circulares y por el intercambio de cartas que tratan, en general, de asuntos de la emigración o de cualquier otra cuestión relativa al problema de los refugiados españoles en Francia, pero con ocasión de las cuales se desarrollan ideas filosóficas de orientación anarquista.

Se procura reagrupar a los afiliados a la C.N.T., reanudar y reforzar entre ellos los lazos de solidaridad del pasado y a mantener el contacto de cara a un eventual regreso a España. En la actualidad, la vuelta a su país natal se les presenta como imposible, lo mismo que su salida hacia tierras americanas.

Todo ello tiene como resultado que permanece entre nosotros una masa de individuos que han demostrado lo que son durante la Guerra Civil española y que están dispuestos a cruzar la frontera en caso de colapso del régimen franquista, lo que constituye un peligro permanente para el orden público de nuestro país.
Es entre estos medios libertarios españoles donde pueden ser reclutados por el Partido Comunista [francés] o por los servicios de información de las potencias extranjeras, los agentes que tengan como misión cometer en nuestro territorio actos de sabotaje o atentados.

La difusión de estas circulares y la propaganda a través de la correspondencia son causa de agitación entre los ambientes de refugiados españoles en Francia.

En algunas ciudades, los representantes del Movimiento han constituido comités, verdaderas células anarquistas, cuyo papel es controlar a los afiliados de su región, difundir las circulares e incluso, como en Marruecos, facilitar la evasión de los que están internados en campos de concentración bajo vigilancia o en compañías de trabajadores extranjeros, en las que el Movimiento también tiene sus representantes.
El Comité Nacional del Movimiento Libertario en Francia, sostiene igualmente relaciones con los afiliados que han quedado en España y con los que se han refugiado en América o en Inglaterra. Estas relaciones corren a cargo de sus agentes.

En lo que concierne a los afiliados que residen en Francia, en África del Norte o en Marruecos, la correspondencia se efectúa por medio de los siguientes intermediarios:

Mateo Baruta Vila en la Lista de Correos de Marsella, de Francisco Sánchez en el Consulado de México en Marsella o Félix Rambaud en el Apartado de Correos número 31 en esta ciudad. Estos últimos, agrupan las cartas destinadas a Germinal [Esgleas] y las reenvían a un tal André Germain, Apartado de Correos número 49 en Périgueux, quien las hace llegar al Secretario General del Movimiento Libertario.

En cuanto a Manuel González Marín, se hace dirigir su correspondencia a nombre de Cayetana Alcaine, en el número 5 de la calle Bombet en Montauban.

Hay que señalar que a los afiliados al Movimiento Libertario se les recomienda emplear un lenguaje convencional para su correspondencia.

Los citados Germinal de Souza, Francisco Isgleas Piernau, Valero Mas Casas y Pedro Herrera Camarero están en la actualidad internados en el Campo du Vernet (Ariège).

José Jaime Esgleas, alias "Ger" alias "Germi" alias "Germinal"; Manuel González Marín, Eduado del Val Bescós, Mateo Baruta Vila nacido el 18 de julio de 1901 en Molins de Llobregat [del Rey], deportado en el Hotel Sainte Claire en el número 12 de la calle Ste Claire de Marsella, y Francisco Sánchez Martínez nacido el 29 de abril de 1909 en Villamayor de Santiago, deportado en el número 11 de la calle del Gallo en Marsella, han sido detenidos y puestos a disposición del Tribunal Militar permanente de la 17ª División Militar, con sede en Toulouse, bajo la acusación de amenaza de acciones anarquistas que afectan a la seguridad exterior del Estado, delito recogido en el artículo 80 del Código Penal.

Francisco Ponzán Vidal ha sido dejado en libertad provisional y Julio Sanjurjo López, deportado en el número 13 de la calle de la Redoune en Estaque Plage (Departamento de Bouches du Rhone), relacionados con los militantes del Marruecos, está huido.

En el curso de estas investigaciones fueron descubiertos numerosas direcciones, de las que las más notables figuran en la presente lista.

(Côte document - Archives du Gard 1W170)

El Caso Scala. Un proceso contra el anarcosindicalismo




Los sucesos relacionados con el llamado Caso Scala constituyen un proceso de capital importancia en la historia reciente del Movimiento Libertario en general y de la CNT en particular. En la CNT, una organización que se había reconstruido tan sólo dos años antes, después del largo período de la dictadura franquista, que se hallaba inmersa en una fuerte tensión entre diferentes tendencias internas que pugnaban entre sí, compuesta en su inmensa mayoría por jóvenes recién llegados a quienes sobraba entusiasmo y faltaba formación y experiencia, aquellos acontecimientos supusieron un duro golpe que no logró recuperarse. Aquellos sucesos siguen sin esclarecerse plenamente.

¡Arde el Scala!

Poco después de las trece horas del domingo 15 de enero de 1978 se desencadenó un enorme incendio que destruyó por completo la sala de fiestas Scala de Barcelona. Al asombro que causó el suceso hubo que sumar el estupor por las muertes de cuatro trabajadores –Ramón Egea, Bernabé Bravo, Juan López y Diego Montoro– que se encontraban en el local en aquellos momentos, y que perecieron víctimas de las llamas o por asfixia, debido a los humos y gases provocados por el fuego. 

Por aquellos días los ciudadanos estaban acostumbrados a las noticias de atentados terroristas. A nadie asombraba el asesinato de policías o militares, los coches-bomba y demás actos que resultaban casi habituales en aquella época. Sin embargo, un atentado contra una sala de fiestas era algo que resultaba inverosímil por lo absurdo y disparatado de la idea. Probablemente por ello en los primeros momentos se aventuraron toda clase de hipótesis. Algunos medios achacaron el atentado a vulgares asesinos, otros lo relacionaron con cuestiones particulares relacionadas con la sala de fiestas, algunos llegaron a establecer una relación con la campaña en pro de la libertad de expresión que por aquel entonces se desarrollaba en solidaridad con el dramaturgo Albert Boadella. Pero la duda y la incredulidad siguió siendo la tónica general para la inmensa mayoría hasta que, tan sólo cuarenta y ocho horas después, el martes día 17 un comunicado de la policía informó de la detención de todos los autores del atentado, a quienes inmediatamente se relacionó con la CNT.1

Efectivamente los detenidos eran todos afiliados a la CNT y poco antes del atentado habían participado en una manifestación que esa organización había convocado para protestar contra los Pactos de la Moncloa. Al finalizar la manifestación –según la policía– los acusados se habían dirigido a la sala de fiestas lanzando contra ella seis cócteles molotov que ocasionaron el incendio y la muerte de los cuatro trabajadores que se hallaban dentro –por cierto todos ellos afiliados a la CNT–. De esta manera quedó establecida la relación de los detenidos con la CNT y el atentado con la manifestación.

Sin duda lo que más sorprende es la insólita eficacia policial que había permitido encontrar a los culpables entre las 10.000 personas que aproximadamente participaron en la manifestación. Cómo consiguió la policía barcelonesa este alarde de perfección es algo que no se llegaría a saber hasta algún tiempo después. En aquel momento sólo dio lugar a toda clase de conjeturas que tenían como común denominador la sospecha de que detrás de todo había gato encerrado. Con el tiempo esa sospecha se acabaría convirtiendo en certeza.

¿Qué pasaba por aquel entonces?

Pero para hacemos una idea de lo que estaba ocurriendo, es necesario analizar siquiera sea a grandes rasgos el contexto histórico en que se desarrollaban los acontecimientos. El año 1978 fue crucial en lo que se ha dado en llamar La Transición. Si los primeros años se caracterizan por una fuerte tensión generada por la presión de los distintos sectores políticos y sociales en un intento de imponer su particular punto de vista y su modelo político y social, eso va dando paso a una segunda etapa caracterizada por el consenso, en donde las fuerzas políticas imperantes se ponen de acuerdo en cuanto a la configuración del nuevo régimen y encauzan el proceso cerrando el paso a cualquier otra vía de desarrollo. El año 1978 será el año en que ese pacto se materializa en sus dos grandes vertientes: el pacto político que dará lugar a la Constitución, y el pacto social que se establecerá con los llamados Pactos de la Moncloa.

Si la Constitución tiene una gran importancia en lo que se refiere a establecer las reglas básicas del juego político, el pacto social tendrá una importancia también trascendental, ya que será lo que permitirá reconstruir la paz social y la disciplina en el mundo del trabajo. Algo sin duda imprescindible en un país en donde la clase obrera había adquirido una gran capacidad de autoorganización capaz de sobrepasar a comités y burocracias sindicales, que era consciente de su fuerza real y que había adquirido una considerable experiencia de lucha en las condiciones extremadamente duras de los últimos años del franquismo. El pacto social era la herramienta necesaria para restablecer una situación de sometimiento, imprescindible para afrontar una crisis económica que se pensaba resolver con un ajuste duro que, por supuesto, debían pagar los trabajadores.

Las grandes organizaciones sindicales CC OO y UGT, en perfecta sintonía con los criterios del PCE y el PSOE asumen el pacto incluso con entusiasmo y hasta lo proclaman como una gran victoria de los trabajadores. La única organización sindical importante que se opone a ese pacto es la CNT. Esta organización que se había reconstruido después de la clandestinidad, había adquirido una importante implantación en el mundo laboral y lideraba un gran movimiento social y cultural que no encajaba en el sistema que se estaba configurando. Pero lo que convertía a la CNT en un peligro potencial no era su fuerza en aquel momento, sino su posible capacidad para encauzar el descontento social que inevitablemente iba a producirse. No olvidemos que en estos años crece desorbitadamente el desempleo, se produce un fuerte incremento de la carestía de la vida y, en general, la calidad de la vida de los trabajadores y de las clases populares sufre un importante deterioro, que no tiene la debida respuesta porque las fuerzas mayoritarias de la izquierda ya han aceptado un pacto político y social y no desean poner en peligro lo logrado. Son los momentos en que se percibe con claridad la posibilidad de un golpe de Estado militar que nos devolviera a la situación anterior. Ante esa disyuntiva la izquierda mayoritaria prefirió pactar para conservar lo conquistado y el precio fue hipotecar la fuerza de los trabajadores y renunciar a la posibilidad de crear un sindicalismo fuerte y autónomo. Pero volvamos al relato de los hechos.

¡A por la CNT!

Los detenidos fueron debidamente acusados y procesados, pero eso no detuvo la operación policial. Muy al contrario, en los días siguientes serían detenidos varios afiliados y militantes de la CNT. El simple hecho de aparecer en la agenda de teléfonos de algunos de los acusados o de una persona relacionada con alguno de los acusados se convirtió en motivo suficiente para ser detenido. Después de ser interrogados y pasar alguna noche en el calabozo, los detenidos eran puestos en libertad sin cargo alguno. Resultaba evidente que la policía no buscaba nada ni a nadie –ya tenían a los culpables– se trataba simplemente de amedrentar a los cenetistas y de ahuyentar de la organización a miles de trabajadores afiliados que, si bien se identificaban con la línea sindical de los anarconsindicalistas, no estaban dispuestos a llegar demasiado lejos en su adhesión, ni mucho menos a desafiar una represión policial de aquella envergadura. La cosa no era de broma, las noticias de nuevas detenciones crearon un ambiente de inseguridad en gran parte de la afiliación. Por otra parte, la certeza de la implicación de la CNT en el atentado fue afianzándose en la opinión pública, lo que provocó un serio deterioro en la imagen de la organización y de los anarquistas por extensión. Si a esto añadimos las noticias de agresiones y asaltos por parte de grupos fascistas, que en aquellos días se incrementaron de forma muy considerable, podemos hacemos una imagen aproximada de la situación. Ser libertario en aquellos momentos se convirtió en algo bastante desagradable. Los medios de comunicación lo hicieron impopular, la policía y los grupos de la ultraderecha lo hicieron peligroso.

Como hemos dicho la represión no sólo fue policial. El caso Scala marca el comienzo de una intensa campaña de atentados contra el Movimiento Libertario y contra la CNT en particular protagonizada por grupos, al parecer de ultraderecha, que se escondían detrás de siglas desconocidas e indescifrables. En aquellos meses se tuvieron noticias de atentados en varias ciudades, sin que la policía demostrara la misma eficacia en detener a sus autores que había demostrado en el caso Scala.

Aparece Gambín

El veintidós de febrero se procesa a once personas acusadas de la autoría del atentado, además de por tenencia de explosivos. Las características de los acusados son bastante similares y responden al prototipo de millares de jóvenes que después de haber pasado su adolescencia bajo el franquismo engrosaban ahora las filas de la izquierda radical; casi todos ellos estaban entre los diecisiete y los veinte años. Pero había una excepción. Un extraño personaje que destaca claramente de los demás. Tiene cuarenta y nueve años y un historial que carece por completo de significación política o sindical, se trata de un vulgar delincuente con una larga lista de condenas –veintiocho en total– por robo, falsificación, estafa y otros delitos todos ellos con el común denominador del lucro como única motivación. Su nombre es Joaquín Gambín alias El Grillo y aunque procesado como los otros, lo será en rebeldía, ya que no ha sido detenido como los demás.

Pero antes de continuar con el relato de los hechos conviene que nos detengamos en analizar a este personaje, clave sin duda en esta historia. La primera noticia que tenemos de Gambín es en el año 1977 en la cárcel Modelo de Barcelona. Allí –según declararía él mismo más tarde–2 fue reclutado por los Servicios Secretos de la Policía como confidente y colaborador, a cambio de librarse de los muchos años de condena que tenía por delante. Mediante una manipulación de su expediente judicial realizada a instancias de esos Servicios Secretos que le relacionan con un grupo de detenidos de la Federación Anarquista Ibérica,3Gambín por arte de magia o por razones de Estado pasa de ser un vulgar chorizo a convertirse en un preso político, gracias a lo cual se beneficia del decreto de amnistía que se promulga ese mismo año y queda en libertad.

De esta manera Gambín, ya libre, empieza a trabajar para la policía a cambio de un sueldo de cuarenta y cinco mil pesetas al mes, más las cantidades que recibía a cambio de las informaciones que facilitaba o de las operaciones en las que participaba. Sus primeros trabajos consistirían en infiltrarse en grupos de orientación anarquista. Hay que recordar que por aquella época el Ministerio del Interior dedicaba buena parte de su tiempo a combatir al Movimiento Libertario; el ministro titular Martín Villa llegó a decir que le preocupaba más el activismo †libertario que el terrorismo de la ETA o del GRAPO,4 lo que no dejaba de ser curioso, teniendo en cuenta la larguísima lista de víctimas –algunas de ellas pertenecientes a las más altas jerarquías del Estado y del Ejército– que esas organizaciones tenían en su haber, mientras que entre las víctimas del activismo libertario no había más que algún autobús, algunos contenedores de basuras y algunas cosas más por el estilo que suelen ser las víctimas habituales de los manifestantes excesivamente fogosos.

Poco después de salir de la cárcel, Gambín se infiltra en un grupo de trabajadores de la SEAT de Barcelona que se hacían llamar nada menos que Ejército Revolucionario de Apoyo a los Trabajadores (ERAT).5 Después de perpetrar algunos atracos de cierta importancia, la policía desarticula el grupo y detiene a todos sus miembros, con la obvia excepción de Gambín que desaparece oportunamente.

Más tarde aparece otra vez en la cárcel Modelo de Barcelona donde se relaciona con uno de los acusados del caso Scala, con el que entabla amistad y, a través de él, con los demás acusados una vez que ambos salen en libertad. En esta época el delincuente habitual apodado El Grillo adquiere una nueva dignidad revolucionaria y pasa a apodarse el viejo anarquista. Con esta nueva imagen, Gambín se integra en el grupo con el que colabora hasta el día en que se produce el atentado. Ese mismo día, tan oportunamente como otras veces, desaparece sin dejar rastro.

NOTAS

1. En su nota la policía atribuía la autoría del atentado a un comando anarquista integrado en la Confederación Nacional del Trabajo que sirve de apoyo en todos sus propósitos a la CNT a la que está íntimamente ligado como brazo armado. Ante esta información la CNT interpuso una querella contra el Jefe Superior de Policía Calleja Peinado que, como era de esperar, no prosperó.

2. Declaraciones hechas por Gambín al fiscal del Caso Alejandro del Toro Marzal tras su detención en Valencia en diciembre de 1981.

3. La CNT, a través de su Comité Pro-presos, pagó la cantidad de 80.000 pesetas en concepto de fianza por la libertad provisional de Gambín.

4. Declaraciones de Martín Villa a la televisión en febrero de 1978.

5. El propio Gambín reconoció su participación en el ERAT tanto en la entrevista que concedió a Cambio 16 en febrero de 1980, como en sus declaraciones ante el fiscal en 1981. Según sus declaraciones, en aquellos momentos necesitaba pasta y buscó un grupo que le diera cobertura política.


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claracion caso "Scala". Libertad detenidos. Amnistia total : Implicados : Carlos Gonzalez Garcia, Emilio Forte Gil, Francisco Martinez Perez

Los retratos de Rosa Lopez Jimenez, Francisco Javier Gascón Cañadas, Myte Fabres Oliveras, José Cuevas Casado, Pilar Alvarez Alvarez, Luis Muñoz García, Arturo Palma Segura




Francisco Granados Data y Joaquín Delgado Martínez









El día 18 de agosto de 1963 la prensa española anunció que en las primeras horas de la mañana, "y con sujección a las formalidades de la ley penal común, ha sido ejecutada la sentencia de pena capital dictada contra los terroristas Francisco Granados Data y Joaquín Delgado Martínez".

Bajo esa hipócrita retórica se encubría el hecho de que dos jóvenes anarquistas habían sido estrangulados por el aro de hierro del garrote vil tras el "enterado" del general Franco y después de un juicio militar sumarísimo que se celebró apenas diez días después de los hechos que se les atribuyeron.

Granados y Delgado habían sido acusados de colocar sendos artefactos explosivos el 29 de julio de 1963 en la Sección de Pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos. El primero de los artefactos, una carga de plástico de doscientos gramos de peso, provocó heridas a una veintena de personas.

Dos días después de los atentados, el 31 de julio, a las 4 de la tarde, Francisco y Joaquín son detenidos, posiblemente a causa de una delación. Apenas tres semanas separaron la vida de la muerte para estos dos luchadores libertarios, sometidos primeros a torturas policiales y después a un juicio carente de garantías en el que son condenados a muerte. El Consejo de Guerra sumarísimo anunciado sólo 48 horas antes de su celebración les condena sin otras pruebas que las declaraciones arrancados bajo tortura, en un juicio lleno de irregularidades que incluyen el hecho de que el defensor no tenía título de abogado. Granados y Delgado negaron cualquier participación en las acciones armadas que se les atribuían y reconocieron ser miembros de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias.

El Consejo Ibérico de Liberación, la organización clandestina anarquista a la cual pertenecían Granados y Delgado, declaró el 11 de agosto ante la opinión pública nacional e internacional que Joaquín Delgado y Francisco Granados eran absolutamente ajenos a los hechos ocurridos el 29 de julio en Madrid, que los autores no habían sido detenidos y que el depósito de armas atribuido a Francisco Granados no había sido utilizado y permanecía intacto al ser descubierto por la policía.

Posteriormente esta misma organización haría público que el material descubierto por la policía estaba destinado a un atentado contra Franco. Sobre estos hechos se ha presentado recientemente en TVE-2, en un intempestivo horario de madrugada, un espléndido documental realizado para una televisión francesa por Lala Gomá. Este importante trabajo histórico cuenta con testimonios directos de los auténticos autores de los atentados de Madrid por los que fueron ejecutados Granados y Delgado así como de alguno de los responsables de la organización a la que pertenecían, entre ellos Octavio Alberola que confirma que la auténtica misión con la que estaban relacionados era la preparación de un atentado contra Franco.
Más allá del descubrimiento de la realidad de unos hechos oscurecidos y desconocidos para muchos españoles, el documental es una aportación de primera fila al conocimiento de los procedimientos del franquismo. Después de casi tres décadas persiste el silencio de la mayoría de los policías y jueces que intervinieron en el asunto. Los autores del documental han constatado, también, la negativa de Manuel Fraga, entonces Ministro de Información y Turismo, a hablar sobre estos hechos. Han contado, sin embargo, con los testimonios sobrecogedores de uno de los jueces y de otros jerarcas militares franquistas. Sus imágenes y sus palabras son extraordinariamente reveladoras, contra la voluntad de sus autores, de la sordidez criminal de esa parodia de legalidad de que se había dotado el franquismo.

El trabajo de Gomá revela un error judicial, pero va más allá de ese aspecto. Tampoco es únicamente un alegato contra la pena de muerte. Este documental es, sobre todo, un testimonio sobre el franquismo. En él se habla de unos hechos olvidados, de la soledad de unos luchadores antifascistas, de la discutible historia de los grupos armados anarquistas pero, sobre todo, del terror cotidiano con el que el franquismo alimentó su dictadura sangrienta.

El año 1963 fue muy importante para la lucha antifranquista, no en vano en dicho año continuaron las movilizaciones mineras asturianas iniciadas en la primavera de 1962. El renacer de la lucha contra la dictadura fue posiblemente uno de los motivos por los que el franquismo quiso "dar un escarmiento" a las nuevas generaciones libertarias que estaban entrando en actividad en aquellos años. También quisieron, probablemente, castigar la campaña contra el turismo en España que venían desarrollando la CNT, la FIJL y otras organizaciones anarquistas.

Después de su muerte, un largo silencio se extendió sobre ellos, silencio que ha llegado a nuestros días. El PCE iba a adquirir durante los años sesenta una amplia hegemonía en la oposición antifranquista, que no había tenido en las dos décadas anteriores, y para el PCE sólo cabía recordar a sus propias víctimas. Algo similar ocurriría diez años después, en 1973, cuando otro joven anarquista, Salvador Puig Antich, fuera ejecutado, también a garrote vil, en otra farsa judicial.

Robert Escarpit escribió en Le Monde (22-8-1963), poco después de las ejecuciones, unas palabras que hay forzosamente que compartir: "Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez han dado su vida por algo pero, como siempre, los verdugos los han ejecutado por nada". Por una nada que era un vacío asesino, la sinrazón de un poder dictatorial. 

Es obligación de todos nosotros recordar que esos dos hombres murieron por algo, por algo tan importante como la libertad, y exigir que la verdad histórica de estos crímenes franquistas sea reconocida oficialmente. 


Artículo publicado en el número 47 de Iniciativa Socialista, diciembre 1997



Periódico Libertad 4 septiembre 1963

Resumen histórico del Grupo pro revisión del proceso Granado ...

Granado y Delgado: Entrevista con Octavio Alberola


El ocaso de la oposición revolucionaria a Franco


Octavio ALBEROLA

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Por fin, la oposición al régimen de Franco («un aspecto clave de la reciente historia contemporánea española»), es objeto de un Congreso Internacional,* y en él estarán (todavía presentes) algunos de sus protagonistas más conspicuos. Por tanto, hoy, la oposición antifranquista, sólo es recuerdo, pasado, y, como tal, accesible a través de vestigios y huellas, de un conjunto de documentos, monumentos y testimonios que han escapado a la acción destructora del tiempo y de los hombres. Es decir: que sólo interesa a los historiadores y a los contemporáneos que leen las obras de aquellos.

Ahora bien, sabemos que la historia (la que los hombres y las mujeres hacen y padecen) tiene poco que ver con la Historia de los historiadores. Que ésta raramente refleja la realidad del pasado, su globalidad y su significación profunda. Que muy frecuentemente los historiadores olvidan o menosprecian, consciente o inconscientemente fragmentos de ese pasado. Que inevitablemente el historiador proyecta en la Historia los intereses y los valores de su tiempo, y que, en general, es a partir de las ideas de su tiempo (y de sus propias ideas) que emprende la reconstrucción de la historia para producir su Historia.
Si, como precisan los organizadores, «la convocatoria del presente Congreso obedece a un objetivo primordial: contribuir al conocimiento, análisis, interpretación y comprensión de la oposición al régimen franquista, tanto en el interior de España como en el exilio», entonces, no sólo creo pertinente sino inclusive esencial analizar en él la faceta revolucionaria de esta oposición; pues sólo así podrá «abarcarse objetivamente el estudio historiográfico de este tema». Y ello por dos razones que me parecen fundamentales:
  • La primera, porque el régimen de Franco se impuso tras el aplastamiento de una de las tentativas revolucionarias más avanzadas y más ejemplares de la historia social de la humanidad. Experiencia que incluso truncada, y a pesar de sus contradicciones, introdujo una esperanza de continuidad en el seno de la sucesión temporal para los que la vivieron y sobrevivieron al triunfo franquista. Esperanza que, además, tardó en convertirse en desilusión y en el renunciamiento actual.
  • La segunda, porque cabe sospechar que el estudio de esta faceta permitirá encontrar explicaciones más válidas y más lógicas a la perpetuación del régimen de Franco durante casi cuarenta años y a las hipotecas que, tras hacer posible la «Transición», aún siguen pesando sobre la «Democracia» que hoy tenemos.
Y, si fueron muchos los intereses y las fuerzas políticas que se conjugaron para acabar con esta intransigente y activa oposición, y que aún siguen conjugándose para enterrarla historiográficamente, es de temer que se persista en ignorarla.
Así, pues, para contribuir a desenterrarla, presento esta comunicación, basada en la documentación primaria y en la línea de investigación que, en su momento, me sirvieron para escribir –en colaboración con Ariane Gransac– el libro El anarquismo español y la acción revolucionaria internacional (1961-1974), publicado en Ruedo Ibérico en 1975, y en mi tesis, sobre«Le déclin idéologique et revolutlonnaire de l’anarcho-syndicalisme espagnol», en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.
El título de mi comunicación, «El ocaso de la oposición revolucionaria a Franco», no implica desconsideración alguna hacia cuantos, en el interior de España y en el exilio, lucharon revolucionariamente contra Franco para construir un mundo mejor. Al contrario, considero ampliamente justificado rendirles un merecido homenaje; pero considero igualmente necesario hacerlo a través de un estudio histórico que, a partir del análisis de este indiscutible ocaso, permita hacer más luz sobre los enigmas y la globalidad de ese aspecto clave de la reciente historia contemporánea española.
Además, quién podría negar que la guerra civil fue algo más que una insurrección militar contra el régimen republicano, y que el franquismo fue también algo más que una simple dictadura militar. El carácter clasista, profundamente conservador y violentamente antirrevolucionario del alzamiento y del régimen instaurado por Franco es incuestionable. Los insurrectos –militares, falangistas y clero– se alzaron contra el pueblo y sus ansias de realizar en España una revolución social. El franquismo es fascista porque en esa coyuntura histórica el fascismo tiene el viento en popa; pero fundamentalmente porque el fascismo era, además,  anticomunista y antirrevolucionario. La guerra civil opuso dos campos bien definidos; en el de los defensores de la legalidad republicana no había sólo partidarios de la República, también había numerosos partidarios de la Revolución. Entre ellos había comunistas y socialistas; pues, al menos hasta entonces, sus partidos no habían renunciado oficialmente a la Revolución; pero eran los anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT los más decididos a ponerla en marcha. De ahí que las clases pudientes españolas, que instigaron y apoyaron el alzamiento de los militares y la instauración del franquismo, vieran en ellos el peligro más amenazador.
A pesar de los compromisos y dejaciones que la necesidad de «ganar la guerra» les obligó a contraer y asumir (desde la participación gubernamental hasta la militarización, el sacrificio de su obra colectivizadora, etc.), la voluntad antigubernamental y revolucionaria de los anarquistas y de los anarcosindicalistas fue siempre clara y manifiesta. Su obra revolucionaria, durante los casi tres años que duró la contienda, constituye un testimonio fehaciente de esta voluntad transformadora de la sociedad, que los anarquistas españoles habían estado teorizando durante muchos años y que, finalmente, programaron en el congreso de la CNT celebrado en Zaragoza, pocos meses antes del alzamiento fascista. Desde entonces, y a pesar de que la experiencia revolucionaria del 36-39 quedó brutalmente truncada, los anarquistas españoles no han dejado de referirse a la célebre ponencia sobre «el comunismo libertario» y ratificarla en todos los comicios posteriores de la CNT.
Al terminar la guerra, y comenzar el régimen de Franco propiamente dicho, las fuerzas populares –que habían deseado e intentado hacer la Revolución– quedaron prácticamente aniquiladas y desde entonces no han vuelto a ser nunca más un movimiento social importante. Ahora bien, no por ello se puede ignorar el papel que esas fuerzas desempeñaron en el seno de la oposición al régimen franquista, ni considerar como simples víctimas de la represión, los anarquistas asesinados durante el tiempo que duró ese régimen. Hasta comienzos de los años 50, la represión contra los reductos anarquistas fue inexorable y casi exclusiva: no porque fueran los únicos en luchar contra Franco, pero sí porque eran los más activos y decididos.
Nadie ignora que, tras la derrota de Hitler y Mussolini, y no obstante la contribución de los exiliados antifranquistas en la lucha contra las potencias del Eje, las diversas tentativas de relanzar la lucha armada contra Franco no contaron con el apoyo «aliado», y que éstas se saldaron rápidamente en fracasos. Que a partir de esas derrotas (militares, políticas y morales), el antifranquismo, como tal, renunció a la lucha violenta contra el régimen franquista, y sólo los anarquistas persistieron en ella.
La posterior consolidación del régimen franquista por las «potencias aliadas» fue, una amarga decepción para el antifranquismo en su conjunto; pero fue aún más amarga para los anarquistas, pues para ellos significó mayores dificultades para proseguir la lucha violenta contra Franco: ya que éste pudo reprimirlos con mayor impunidad desde entonces, y contar, además, con la colaboración de la policía francesa para perseguir a los activistas anarquistas refugiados en Francia.
En España se había intentado una revolución, y lo que era aún peor: una revolución libertaria. Se comprende que las «potencias aliadas» no quisieran correr el riesgo del renacer revolucionario de un pueblo que podía volver a ser un ejemplo para el proletariado del «mundo libre» capitalista, y que prefirieran a Franco, sacrificando una vez más a los partidarios de la República española.
Así pues, si la cuestión vital para el régimen franquista fue –durante ese período– resistir y esperar tiempos mejores, para el antifranquismo fue esperar (lamentablemente) que los «otros» le resolvieran el problema. Un político de la dimensión de Indalecio Prieto lo confesó crudamente en el 11 Congreso del PSOE en el exilio:
… camino no hay otro [...] que el de servir los deseos de las potencias occidentales reduciéndonos a lo que dichas potencias quieran concedernos…
En esas condiciones, se comprende que todos los partidos y organizaciones sindicales antifranquistas se limitaran a mantener una implantación orgánica y propagandística en el interior de España, y que sólo el Movimiento Libertario Español siguiera preconizando la «acción directa» contra la dictadura franquista, intentando organizar un embrión de resistencia en ciudades y campos de España.
Es cierto que numerosos anarquistas se habían dejado ingenuamente contagiar –en esos años cruciales para el antifranquismo– por el ilusorio optimismo de la «solución pacífica del problema español; que por ello la CNT se había dividido en dos fracciones –la «apolítica» y la «colaboracionista»–; que estas fracciones no dejaron de hacerse la guerra y malgastar sus mejores energías y crédito moral en interminables polémicas orgánicas (1945-1961); y que todo esto hizo aún más difícil la lucha de los activistas anarquistas contra el régimen franquista. Nada pues más lógico que esta división y enfrentamiento, además de la inexorable integración a las nuevas condiciones de vida de España y del exilio, provocaran una incontenible hemorragia de militantes, y que ésta fuera creciendo con el paso de los años y la acumulación de derrotas del antifranquismo (tanto en el terreno de la lucha clandestina, como en el frente diplomático internacional), reduciendo lenta pero inexorablemente los efectivos militantes de las organizaciones clásicas del anarquismo español.
A pesar de todo esto, la contribución de los anarquistas españoles a la oposición al régimen franquista fue indiscutible y leal: tanto por su participación en las dos principales tentativas armadas de 1945 contra Franco (la animada por el Partido Comunista a través de las Juntas de Unión Nacional y la de la Agrupación de Fuerzas Armadas Republicanas Españolas más o menos patrocinada por la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas por el gobierno de la República en el exilio) como después, cuando se quedaron solos para proseguir la acción de los grupos armados en el interior de España.
Así, desde el final de la guerra hasta 1960, en que caen acribillados por las balas de la policía franquista el infatigable guerrillero anarquista Francisco Sabater Llopart y los cuatro miembros de su grupo que le acompañaban, la lista de anarquistas víctimas de la represión franquista no cesa de crecer. En ella hay que resaltar la caída de más de 16 comités de la CNT en España.
Recordemos que, al comenzar la década de los años 60, la España franquista movida por una calculada vocación europeísta, se aprestaba a aplicar la nueva Ley de Orden Público (promulgada en junio de 1959) con miras a dar a la represión una faz más jurídica, y por eso, por ser una pervivencia de los viejos esquemas resistenciales, causa tanta sensación el episodio del enfrentamiento entre las fuerzas de la Guardia Civil y el grupo de anarquistas encabezado por Francisco Sabater Llopart.
Además, en 1960, los años de terror violento y de miserias sin fin habían quedado atrás; España era casi ya una nación como las otras; sin embargo, «el pueblo no está aún maduro para ejercer las libertades democráticas». En efecto, el descontento popular era cada vez más agudo y de ahí que en esas condiciones la represión se orientase principalmente hacia los núcleos obreros y estudiantiles que venían animando importantes luchas sociales y revueltas en los centros universitarios. No obstante, la oposición antifranquista clásica seguía naufragando; mientras, en el exilio, se aceleraba el proceso de integración de los exiliados en los países de acogida, acentuando el divorcio que, desde el comienzo de la lucha antifranquista, había existido entre éstos y los que, en España, seguían luchando contra Franco.
Pero no hay que olvidar que, también en 1960, comenzaron a sentirse los efectos estimulantes de las luchas antidictatoriales en América Latina, y que la caída de Batista, tras el triunfo de la gesta castrista, provocó el despertar de la conciencia en muchos antifranquistas del interior de España y del exilio, estimulando el renacer de las tendencias de acción directa y de unidad antifranquista.
En efecto, dos meses después de ser asesinado Sabater, las acciones del DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación) y la inmediata reacción del régimen agarrotando a uno de sus militantes, constituyeron un signo manifiesto de la reactivación del antifranquismo y de sus ansias de unidad de acción. En esta efímera organización clandestina, que se quería unitaria, militaron desde republicanos y socialistas hasta comunistas (todos ellos cercanos a los medios masónicos españoles y portugueses), y también participaron anarquistas en algunas de sus acciones (como, por ejemplo, en el espectacular secuestro del transatlántico portugués «Santa María»).
No cabe la menor duda de que, en 1960, la indiscutible permanencia de las estructuras dictatoriales del régimen franquista, el inmovilismo de la Oposición oficial y la descomposición sociológica del Exilio, los entusiasmos revolucionarios despertados por las luchas de liberación en América Latina, África y Asia, las crecientes y flagrantes contradicciones entre la teoría y la práctica de los partidos y estados que afirmaban inspirarse en el marxismo y los fracasos sucesivos de todos los intentos de solución pacífica del «problema español», despertaron un comienzo de autocrítica en el seno del antifranquismo y una nueva exigencia de unidad de acción.
Entre los anarquistas, eran cada vez más numerosos los que hacían oír sus voces exigiendo la UNIDAD y reemprender la acción violenta contra el franquismo. Así, en el Congreso de la CNT celebrado en Limoges en 1961, se reunificaron las dos fracciones de esta organización que se habían escindido en 1945 y aprobaron –en sesión reservada– un dictamen para a reactivación de la lucha clandestina. En este dictamen se invitaba a las otras dos ramas del Movimiento Libertario Español a constituir un organismo secreto llamado DI (Defensa Interior) para «dinamlzar» y «coordinar» a acción subversiva contra e régimen franquista.
También en este congreso fue ratificado el Pacto de Alianza Sindical (CNT-UGT-STV) y se acordó propugnar, cerca de las otras fuerzas antifascistas, la constitución de un Consejo Nacional de Defensa, para coordinar e impulsar la acción de todo el antifranquismo contra el régimen franquista.
La reunificación confederal y la adopción de los acuerdos de lucha clandestina, alianza sindical y unidad antifranquista, que por primera vez desde el final de la guerra formaban una línea estratégica más o menos coherente y realista, galvanizaron los entusiasmos libertarios. La FAl y la FIJL decidieron contribuir a su aplicación, particularmente en lo que se refería al dictamen del DI, pues muchos anarquistas veían en él un instrumento idóneo para relanzar la lucha contra el régimen franquista y revitalizar la vocación revolucionaria del anarquismo. Particularmente la militancia juvenil, que, ante el inmovilismo impuesto por los comités de las otras dos ramas del MLE, habían abandonado la Comisión de Defensa (organismo coordinador de las «actividades conspirativas» de la CNT-FAI-FIJL) y que, ante la nueva posición de la CNT, decidió rápidamente la reintegración de su delegación en la Comisión.
Sin embargo, este entusiasmo no fue suficiente para desmontar los recelos y enconos suscitados durante los años de separación y de enfrentamiento entre las dos CNTs. Sobre todo entre aquellos que, pretextando la defensa de un purismo ideológico, que estaban muy lejos de sentir y practicar, se habían opuesto a la reunificación. Así, mientras unos se movilizaban, dentro y fuera de España, para reactualizar la lucha antifranquista y las ideas libertarias, otros lo hacían en sentido inverso, reactualizando y agravando los sectarismos que habían contribuido a la esclerosis ideológica y revolucionaria del anarquismo español. Pero a pesar de esta oposición, el organismo conspirativo secreto (DI) fue finalmente constituido, y, a partir del mes de junio de 1962, recomenzaron las acciones violentas contra el régimen franquista. El Régimen reaccionó intensificando la represión contra los medios libertarios del interior de España, mientras la prensa seguía manteniendo la falacia del «complot terrorista internacional» atribuido a los comunistas; sobre todo después del atentado (fallido) contra Franco en San Sebastián.
Secundando al Régimen, la prensa española abundó en el sentido de la amalgama terrorista para justificar la oleada represiva que se había extendido por todo el país. En el lapso de dos meses, la «liberalizada» justicia franquista celebró seis consejos de guerra sumarísimos, y el total de condenas ascendió a más de 360 años de cárcel, sin contar la condena a muerte pedida contra el estudiante libertario catalán Jorge Conill Valls. En efecto, a finales de septiembre, y casi simultáneamente con el consejo de guerra que juzgó y condenó a 20 años de reclusión a Ramón Ormazábal (dirigente comunista), Jorge Conill era juzgado y condenado a 30 años, en otro consejo de guerra sumarísimo, después de que el fiscal retiró la petición de pena de muerte como consecuencia de la intervención del cardenal Montini (futuro Papa) en favor del estudiante libertario catalán.
La brutalidad de la oleada represiva contra todos los sectores del antifranquismo provocó, como en otras ocasiones, un movimiento internacional de protesta. Los comunistas –como siempre– movilizaron a sus partidos en el mundo entero para defender a sus presos; pero esta vez los jóvenes libertarios se movilizaron también con rapidez y eficacia, realizando acciones de gran resonancia que contribuyeron a una importante sensibilización de la opinión pública internacional.
A partir de ese momento, y hasta que el DI fue «enterrado» en el congreso de la CNT de 1965 por el sector inmovilista que había recuperado el control orgánico de esta organización, el activismo anarquista antifranquista fue protagonizado de nuevo por los jóvenes libertarios, y es a ellos a quienes corresponde la responsabilidad y el mérito de la reactualización internacional del anarquismo que esas acciones produjeron en el curso de esos años.
La actuación de las Juventudes Libertarias se prolongó más allá de la disolución del Dl, y sólo al disolverse la FIJL en 1968, bajo el impacto del Mayo francés, el activismo anarquista volvió a ser protagonizado por grupos juveniles residuales, no estructurados orgánicamente en ninguna de las tres organizaciones del Movimiento Libertario Español.
La constitución del Dl fue, pues, determinante para la reactivación de la lucha antifranquista en el curso de esos años. Esta reactualización fue el resultado de los siguientes factores: la aparición de nuevas generaciones de militantes anarquistas, su capacidad para dar a sus acciones una gran resonancia mediática y despertar –igualmente– una gran simpatía (no sólo por estar basadas en el principio ético de la solidaridad revolucionaria, sino también porque en ellas se excluía toda derivación terrorista) y su decidida denuncia de la esclerosis revolucionaria del militantismo anarquista clásico y oficial, inclinado al inmovilismo y demagogia del resto de la oposición antifranquista. Es decir: porque la denuncia del activismo juvenil de esos años coincidió plenamente con las denuncias y las aspiraciones del movimiento internacional de rebelión juvenil que atravesó toda esa década.
No obstanteeste activismo falló todas sus tentativas de abatir la «cabeza» del régimen franquista para acelerar el proceso de liberación del pueblo español, y tampoco pudo impedir el ocaso de la oposición revolucionaria que, en esas condiciones, no contó para nada cuando las otras fuerzas decidieron llegado el momento de proceder a la «Transición a la Democracia».
Es quizás tarde para especular sobre lo que habría sido la Transición, y la Democracia que la habría seguido, si Franco hubiese desaparecido antes, si no se le hubiese dejado el tiempo de dejar todo «atado y bien atado»; pero es indiscutible que la perpetuación del régimen franquista por tantos años ha sido decisiva para que la Democracia que hoy tenemos sea lo que es. La responsabilidad de la oposición revolucionaria es evidente; ya que no sólo no pudo precipitar la caída de la dictadura, sino que ni siquiera supo respaldar consecuentemente a los activistas que relanzaron la lucha antifranqusita en la década crucial de los años 60. Pero también lo es, igualmente grande, la responsabilidad del resto de la oposición a Franco; pues ésta se resignó, casi desde el principio, a que la Democracia volviera a España cuando «otros» lo decidieran.
El ocaso de la oposición revolucionaria fue estratégico y combativo; pero también fue ético e ideológico. Y es por ello que este ocaso no concierne al activismo anarquista de ese último período de la oposición al régimen franquista; puesto que, además de reactualizar la lucha contra Franco, denunció la decadencia ideológica y la demagogia revolucionaria de esa oposición que aún seguía reclamándose partidaria de la Revolución. De ahí que, al hablar de oposición revolucionaria, sea necesario precisar a que concepto de Revolución se refiere.

Estado de la cuestión

Sobre el anarquismo español (desde sus orígenes hasta el final de la guerra civil) se han escrito bastantes libros y extensos capítulos le han sido dedicados en muchos otros. Pero en general, y tanto si han sido escritos por «historiadores imparciales» o por actores más o menos cercanos a su actuación (militantes, simpatizantes u opositores), en todos ellos se reconoce el importante papel desempeñado por el anarquismo en la historia contemporánea de España.
Sin embargo, sobre la etapa que va del final de la guerra hasta la muerte de Franco, poco es lo que se ha escrito sobre él. Ni siquiera sobre la década de los 60, que ha pasado casi inadvertida (inclusive en las conmemoraciones de la efemérides del «68»), a pesar de que en el curso de ella se produjo la «inesperada y sorprendente» reactualización de las ideas anarquistas.
Es más, pese a que, en lo que concierne a la oposición al régimen de Franco, también se han escrito numerosas obras, en muy pocas de ellas se ha estudiado la faceta de la oposición revolucionaria con el interés y la importancia que ésta me parece merecer. Esto da a pensar que, o bien la información al respecto es insuficiente, o que se la desconsidera deliberadamente.
Sin regatear méritos a lo publicado hasta ahora, tengo la convicción de que aún queda mucho terreno por desbrozar y muchas cuestiones fundamentales por plantear: tanto en lo que respecta a esta faceta (que yo he denominado «oposición revolucionaria», no sólo en función de sus métodos de actuación, sino fundamentalmente porque su antifranquismo trascendía el aspecto puramente político de la lucha contra el régimen franquista), como sobre la globalidad de lo que fue y significó históricamente la oposición a Franco, a lo largo de los casi cuarenta años de permanencia de éste en el Poder.
No quiero decir que en algunas de esas obras escritas, no se aborde esta globalidad, ni que se eviten las cuestiones difíciles y comprometedoras; pero tengo la impresión de que no se ha abordado todavía el tema con el distanciamiento político requerido. Que no se ha hecho un balance histórico global con la suficiente dedicación y aprovechamiento de los importantes medios de investigación que la amplitud y complejidad del tema exigen.
Pues no hay que olvidar que, si las incógnitas y las zonas de sombra son aún demasiado numerosas, también lo son las hipotecas que sobre ellas hacen todavía pesar la cercana Transición y la fragilidad de la Democracia alcanzada. Es de esperar que este Congreso contribuirá a levantar esas hipotecas y a estimular –particularmente en los medios universitarios– una investigación más rigurosa, más desapasionada y de un más alto nivel científico, que la realizada hasta ahora sobre este «aspecto clave de la reciente historia contemporánea española».

Algunas precisiones y orientaciones metodológicas

Todos sabemos que la concretización cotidiana de los acontecimientos no refleja siempre y con rigor el desarrollo de las tramas históricas de la dominación y de la rebelión, y que ésta es una de las razones por las cuales la Historia no se corresponde exactamente con la historia. Que los acontecimientos, que modelan el «presente» y condicionan el «futuro», surgen, transitan y se desvanecen con sospechosa e ilógica incoherencia: ya sea por su dispersión en el fárrago diario o por ser desnaturalizados intencionadamente por los medios de comunicación o por las demagogias partidistas. Que el lenguaje se presta a toda clase de usos, sirviendo indistintamente, y con la misma eficacia, a la causa de la rebelión del hombre que a la de la dominación y manipulación de las masas. Y que, incluso esforzándose en mantener una escrupulosa imparcialidad, también los historiadores están bajo influencia: de sus opiniones políticas o religiosas, y del sentido que asignen a la historia. Por tal razón, y sean quienes sean los que la escriban, la Historia de la rebelión y la Historia oficial constituyen cada una el envés de la otra.
La historia del historiador, y por consiguiente la Historia que él escribe, no contiene, además, todos los hechos, todo lo acontecido; sólo aquello que, por su importancia, considera «digno» de ser salvado del olvido. Que, en este sentido, la Historia nunca será «total», pues ella siempre será el fruto de una doble opción: la de los contemporáneos y sucesores inmediatos (o mediatos) de los hechos, que sólo han dejado constancia de aquello que les parecía merecer la pena de ser preservado, y la del historiador, que es quien, después utiliza estas informaciones (interpretándolas, valorándolas y seleccionándolas con su propia subjetividad).
Ya Albert Camus dijo que «la historia, como un todo, no podría existir más que a los ojos de un observador exterior a ella misma y al mundo»; no queda, pues, más remedio que asumir esta imposibilidad y contentarnos, para «conocerla, interpretarla y comprenderla», con lo que de ella ha quedado (documentos, vestigios y testimonios) y con lo que, parcial o «globalmente», sobre ella han escrito los protagonistas, los testigos los investigadores.
Es por ello que, sin renunciar a esta quimérica visión de la historia como un todo, y teniendo siempre presente que las ideas y los intereses nos condicionan en cierta manera, he intentado entrever sus grandes líneas directrices, sin otorgarme, claro está, el derecho de emitir conclusiones definitivas sobre sus partes o sobre ese todo restituido en una unidad recompuesta. De la misma manera que, sin tomar en su sentido exacto la afirmación según la cual la historia es el conjunto de los actos de los hombres y lo que éstos inscriben en la materialidad social (porque así lo han querido o porque así lo imponen las leyes de la historia), he reconocido en los protagonistas una cierta voluntad de hacerla y en las ideas y proyectos que les inspiran (sustentados por un «imaginario social» más o menos radical) los elementos dinámicos de las sociedades. Y tanto más si se considera que el «social-histórico» es congénita y estructuralmente conflictivo. No por que en él se opongan dos realidades contradictorias, sino porque en él intervienen dos fuerzas desfasadas y antagónicas: la que trata de mantener lo instituido y la que pretende romper la inercia que lo instituye y lo mantiene.
Así, pues, por considerar que la «oposición revolucionaria al régimen franquista» era la única fuerza que se oponía, a la vez al franquismo y a todo lo que lo había instituido y mantenido durante cerca de 40 años, mi comunicación tiene por objetivo incitar al «conocimiento, análisis, interpretación y comprensión» de su historia. En este sentido, esta comunicación aspira a prolongar una reflexión más global, comenzada hace ya algunos años, sobre estas dos fuerzas «desfasadas y antagónicas» que han contribuido de manera decisiva a que la historia contemporánea española sea la que ha sido.
Estructuralmente, esta reflexión comporta tres partes: una consagrada al estudio de las nociones fundadoras y los principios éticos que están en el origen de la ideología (supuestamente emancipadora) del Movimiento Obrero; otra sobre el desarrollo y evolución ideológica de las organizaciones de masas que, desde la mitad del siglo XIX hasta el final de la guerra civil de 1936, sirvieron a las diferentes corrientes autoritarias y antiautoritarias del socialismo para forjar las grandes acciones emancipadoras de nuestro tiempo; y una tercera, dedicada al estudio de la acción y continuidad de estas organizaciones, en el interior de España y en el exilio, durante la existencia del régimen franquista.
Metodológicamente, esta reflexión se apoya en un examen crítico de la Historia existente (conjunto de obras escritas hasta hoy –parcial o globalmente– sobre la historia del anarquismo español y de la oposición revolucionaria al franquismo), así como en mi propia experiencia, por haber participado en esta oposición desde los años cincuenta.
Por tal razón, y bien que inscrita en un marco cronológico preciso y global, mi trabajo no constituye –propiamente hablando– una Historia más de la oposición a Franco, sino más. bien un aporte dialéctico para contribuir a su «conocimiento, análisis, interpretación y comprensión». En consecuencia, mi interés mayor ha sido descubrir las influencias y las filiaciones que han forzado a estas organizaciones a «evolucionar» o «retroceder», ya sea en razón de la lógica misma de sus nociones fundadoras o por la obligación en que se han encontrado sus militantes de adoptar o transformar los principios en función de las circunstancias históricas. Subsidiariamente, aunque con el mismo interés y rigor crítico, también he buscado respuestas al ocaso de esta oposición y a la permanencia del régimen franquista durante tantos años.
Para preservarme contra el riesgo de una excesiva parcialidad y de no tomar la suficiente distancia con la experiencia política, así como por un sincero deseo de claridad, me he esforzado en no emplear una terminología vaga, imprecisa, y en no utilizar los mismos términos para designar realidades distintas. He procurado distinguir los diferentes puntos de vista que, en el interior de una concepción reclamándose de los mismos fines éticos y políticos, y de un método aparentemente idéntico para analizar las relaciones de fuerza sociales, entran en conflicto a pesar de perseguir el mismo objetivo.
A pesar de no creer que exista un patrón único para distinguir y medir (en política) las buenas o las malas acciones, ni para la atribución de calificativos y el uso de vocablos apropiados, sí que me ha parecido necesario intentar establecer una relación unívoca y recíproca entre cada término y su significación. Especialmente en todo lo relacionado con el término revolución. No sólo porque su uso exige hoy una permanente aclaración y redefinición, sino también porque es a partir de él que el título de la presente comunicación adquiere un sentido bien preciso. Por supuesto, otro muchos vocablos «conflictivos» (como por ejemplo: democracia, reformismo, terrorismo, etc.) requieren, y han merecido también de mi parte, el mismo tratamiento.
Rechazar toda clase de maniqueísmo ha sido, pues, mi preocupación constante, y debería serlo para todos los que emprendan este tipo de estudios y reflexiones. Es necesario hacer una clara distinción entre los discursos y los actos, así como esforzarse en aplicar –en todo momento y situación– nuestras definiciones a los unos como a los otros: según lo que hacen o lo que han hecho, no tan sólo según lo que dicen o decían querer hacer. En este sentido, diferenciar los discursos de los actos y reconocer en los conceptos su carga ética y su sentido ontológico, no constituye una ideologización camuflada, sino todo lo contrario: situarnos en un contexto de coherencia semántica y consecuencia científica en la búsqueda de la «verdad» histórica.
Por último, en lo que concierne a la bibliografía existente sobre esta oposición, y dada la masa considerable de obras y de autores, así que de los puntos de vista diferentes y divergentes en ellas expuestos y por ellos expresados, sólo me queda insistir en que ningún criterio de selección puede ser retenido como satisfactorio, y que, por lo mismo, todas merecen el interés de ser leídas y consultadas; pues, en cierta medida, la mayoría de esas obras también son parte integrante de esa historia.
Nota
* Se refiera al Congreso Internacional organizado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en 1988. El Congreso presidido por el entonces ministro de Cultura Jorge Semprún se celebró en Madrid y contó con la participación de numerosos historiadores, políticos, testigos y protagonistas de la historia de la lucha contra la dictadura franquista. Entre quienes participaron se encontraba Octavio Alberola.