(1902-1980)
Líder anarquista catalán, partidario de
la línea dura de la CNT, dirige la resistencia contra la sublevación militar
en Barcelona y en noviembre de 1936 acepta, después de muchas dudas, asumir
la cartera de Justicia
Son las nueve y media de la noche del 2
de noviembre de 1936. Han transcurrido más de tres meses desde el fracaso del
pronunciamiento en Barcelona y sólo un día desde que Juan García Oliver, uno
de los miembros más destacados de la CNT, ha aceptado el cargo de ministro de
Justicia en el Gobierno de Largo Caballero. Con un pie ya puesto en el
automóvil que debe llevarle a Madrid, García Oliver siente muchas dudas
sobre la decisión que le conducirá a los despachos ministeriales.
Apenas unas horas antes, se había negado
insistentemente a consentir lo que consideraba una baja maniobra política:
la entrada -por conveniencia- de la CNT en el nuevo Ejecutivo republicano.
Para un hombre de acción como había demostrado ser desde el inicio de la guerra,
este gesto supone una traición a los ideales anarquistas y a los cientos de
militantes muertos durante la contienda. Sin embargo, la insistencia de sus
compañeros le hace transigir y Oliver acaba sometiéndose a la voluntad de
una organización que, tras una etapa revolucionaria pasa de la noche a la
mañana a desempeñar una gestión gubernamental, colaborando con sus
enemigos del pasado. Hijo de familia humilde, Juan García Oliver trabaja
desde los ocho años en una fábrica de papel de Reus, Tarragona. A los 15
emigra a Barcelona durante la huelga general de 1917, e inicia los primeros
contactos con las asociaciones sindicales. En la capital catalana comienza a
trabajar en el hotel Moderno, donde impulsa la fusión de las sociedades de
camareros la Alianza y la Concordia, de la que nacerá el sindicato de
industrias hoteleras, restaurantes y cafés afiliados a la CNT.
En 1920 inicia su militancia en la
Confederación Nacional del Trabajo, a la vez que se une al colectivo anarquista
Regeneración. A los 20 años crea junto a sus compañeros Durruti, Ascaso y
Jover el grupo Los Solidarios, del que será secretarlo hasta
1931. Desde el comienzo de su militancia en la CNT, Oliver se integra en los
núcleos más radicalizados del anarcosindicalismo catalán y durante la
Dictadura propone la agrupación de jóvenes militantes en formaciones
paramilitares. En 1927 colabora en la fundación de la FAI y en el 31, se
manifiesta como uno de los más decididos oponentes al treintismo,
movimiento liderado por Ángel Pestaña que se escinde políticamente de la CNT.
Durante la sublevación de julio del 36 participa en los combates callejeros
que hacen fracasar a los rebeldes en Barcelona, forma una columna de voluntarios
y la conduce al Frente de Aragón. Al constituirse el Comité de Milicias
Antifascistas, se le confía la Sección de Operaciones, desde la que organiza
la primera Escuela Popular de Guerra.
Durante este periodo, crece su
intolerancia hacia los componentes de la “política pequeño burguesa de la
Esquerra Republicana”, como él mismo denomina a compañeros como Martín
Barrera, Sebastián Ciará o Simón Plera que, “abusando de su preparación
personal, abandonan la CNT y se incorporan a la Esquerra para representarla
como diputados al Parlamento de Cataluña”. Para Oliver, estos políticos son
“simples traidores, tránsfugas del anarcosindicalismo”. No es de extrañar
que, cuando él mismo se traslada a Madrid para ocupar el cargo de ministro,
se sienta en parte un traidor a sus ideales.
Al tomar posesión de la cartera de
Justicia sus proyectos libertarios son numerosos y planea ordenar la puesta
en libertad de todos los presos y eliminar los archivos de antecedentes
penales.
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Sin embargo, ya durante el primer
Consejo de Ministros, se produce un enfrentamiento entre el Ejecutivo de
Largo Caballero y los recién incorporados miembros de la CNT. El nuevo
presidente propone la evacuación del Gobierno a Valencia ante la caótica
situación de Madrid, a lo que los cuatro ministros anarquistas, Oliver, Juan
Peiró, Federica Montseny y Juan López, se oponen.
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El 7 de noviembre, Largo Caballero
vuelve a plantear en el Consejo la misma iniciativa y propone dejar una Junta
de Defensa en la capital presidida por el general Miaja. Esta vez los
ministros de la CNT aceptan, pero a los dos días Oliver se arrepiente de su
decisión. Aprovechando la vuelta de Largo Caballero a Madrid para solucionar
asuntos pendientes, Oliver regresa con él, a fin de demostrar que los
ministros de la CNT no han participado en la huida.
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Al llegar a Madrid le anuncian que dos
obuses han causado graves destrozos en el Registro de Antecedentes penales.
Según algunos autores, esta noticia le anima en su proyecto de destruir dicho
archivo y quema todas las fichas utilizando las estufas del Ministerio.
Otros, como Manuel Rubio Cabeza, afirman que esta idea nunca la llevó a cabo,
aunque sí ordenó la cancelación de todos los antecedentes penales por
delitos cometidos antes del 15 de julio de 1936.
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El 13 de noviembre, Oliver propone al
Consejo de Ministros la creación de un Consejo Superior de Guerra. Largo
Caballero accede y le pide que se encargue de la Sección de Organización, lo
que implica la creación de Escuelas populares de Guerra y Brigadas Mixtas.
Oliver se vuelca en este proyecto, que comienza a funcionar en el primer trimestre
de 1937. Según escribe el historiador Burnett Bolloten, “como jefe de la
organización y la administración de las escuelas se ganó la admiración
incluso de sus adversarios ideológicos”.
Además, según explica la Crónica
de la Guerra Civil Española, “es con la llegada de García Oliver al
Ministerio de Justicia, cuando los presos de la zona gubernamental empiezan
a disfrutar de ciertas garantías y seguridad”.
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El 31 de enero de 1937 pronuncia el que,
en palabras de Hugh Thomas, es el “discurso más extraordinario que jamás ha
pronunciado ningún ministro de Justicia”. “La Justicia ha de ser caliente, la
Justicia ha de ser vida, la Justicia no puede estar encerrada dentro de los
estrechos límites de una profesión. [...] Cuando las relaciones entre los
hombres sean las debidas, no habrá necesidad de robar ni de matar”, afirma
García Oliver.
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En mayo, una serie de revueltas populares
en Barcelona provoca una crisis de Gobierno que culmina el día 15 con la
dimisión de Largo Caballero y sus ministros. A pesar de ello, García Oliver
juega un papel muy importante al conseguir que los anarcosindicalistas
depongan las armas. A partir de ese momento, su figura comienza a declinar
hasta casi desaparecer de la vida política.
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Tras la caída de Cataluña a finales de
enero de 1939, García Oliver se exilia a Francia, de donde consigue huir a
Suecia meses después. En el invierno de 1940 se marcha a México, de donde ya
no volverá y en donde trata de crear un nuevo partido político, lo que le
hace ser expulsado del movimiento libertario en el exilio. Muere en 1980.
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Publicado por Historia2.0
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JUAN GARCIA OLIVER - Visto por su
editor
El eco de los pasos ha sido
escrito lejos de los archivos, excepción hecha del periodo mejicano de la vida
militante del autor. A mi juicio hay serias lagunas documentales en El eco de
los pasos: la ausencia de un folleto de los años treinta sobre defensa
confederal, el texto de la conferencia «Hoy», la versión original de la
ponencia de García Oliver sobre comunismo libertario, discutida y profundamente
modificada en el Congreso de Zaragoza de 1936, y el informe sobre el «Plan
Camborios» de 1937, encaminado a organizar una amplia guerrilla en la
retaguardia franquista. Esto en lo que respecta a documentos del propio autor.
Hay que lamentar también la ausencia del informe del Comité nacional de la CNT
sobre el complot contra el gobierno de Largo Caballero y sus ramificaciones.
Algunos de esos documentos terminarán por ser de fácil acceso. Otros, me temo
que se hayan perdido definitivamente. La prodigiosa memoria del autor ha
colmado en cierta medida esas ausencia.
A partir de 1931, García Oliver
es combatido ásperamente en el seno de la CNT. La historia prueba que la mayor
parte de los esquemas teóricos y políticos de García Oliver eran correctos.
Algunos, y no de los menos importantes, fueron adoptados por las organizaciones
confederales y llevados a la práctica: Otros fueron desechados. No conozco
ninguna crítica global de esos esquemas a pesar de su coherencia íntima. Pero
las críticas parciales coetáneas dirigidas contra García Oliver siguen siendo
mantenidas, de manera dispersa, como esencialmente válidas. Esas críticas,
formuladas por historiadores vinculados a la CNT, inspiran el sentimiento de
que lo que se combatía eran las finalidades ocultas que en sus diáfanas y
públicas proposiciones se creía descubrir.
La crítica destructora del
criticado ha tenido ejemplos en la CNT. No se puede afirmar, sin embargo, que
ello fuera mera manifestación del talante iconoclasta del anarquismo. Hubo
militantes destacados que gozaron en vida y después de muertos de un respeto
casi absoluto. Sus errores, si errores eran, se imputaban a deficiencias, pero
no provocaban procesos de intención. En nombre de los intereses del grupo,
también la CNT ha corrido un velo púdico sobre graves desfallecimientos de
algún notorio militante. La crítica apasionada, mendaz, que motivó García
Oliver, sólo tiene parangón con la que se ensañó en vida con el Noi del Sucre.
El eco de los pasos está esmaltado de reacciones contra esa circunstancia, que
nos ponen en presencia de una sensibilidad profundamente herida. ¿Cuándo
transcribe la bella defensa que de si hizo el Noi del Sucre en 1921, en la
Conferencia Nacional de Sindicatos de Zaragoza, no se está defendiendo el
propio García Oliver contra la calumnia que lo ha perseguido? En esas páginas,
como en tantas otras, está advirtiendo a la CNT de los peligros que para ella
entraña la calumnia de sus militantes por sus propios compañeros. La calumnia,
porque está inspirada por finalidades políticas y tiene consecuencias
políticas, al igual que las tiene el ocultamiento de hechos desfavorables en
nombre de los intereses supremos de una organización que se pretende
libertaria, ocultamiento que García Oliver tampoco considera saluble. El
interés por estos aspectos de la vida orgánica se manifiesta en muchas de las
páginas de El eco de los pasos. En ningún otro texto ha hallado una mejor
exposición de los mecanismos internos que permitían a la CNT juzgar a sus
militantes y a éstos defenderse contra la arbitrariedad: la propia defensa de
García Oliver frente a las acusaciones de González Mallada y la descripción del
procedimiento que hubiera debido seguir Manuel Buenacasa para enfrentarse, sí
la consideró injusta, con la condena que le infligió la CNT.
Sólo me puedo permitir en estas
páginas analizar cinco procesos de la vida de la CNT en los que la personalidad
militante de García Oliver se halla directamente involucrada por sus
historiadores, no necesariamente de manera correcta: el terrorismo confederal,
la «gimnasia revolucionaria», las relaciones entre la CNT y la FAI, el Comité
de Milicias y el gubernamentalismo de la CNT.
Es bastante frecuente hoy oír y
leer que anarquismo no es violencia, que la CNT, en tanto que organización, no
recurrió nunca a la violencia individual, y que ésta fue obra de marginales, de
incontrolados, de hombres que con su acción comprometían a la verdadera CNT
contra la voluntad de ésta. El eco de pasos pone de relieve que la respuesta
violenta a la violencia del Estado y de la patronal era un fenómeno «orgánico»
en el sentido muy estricto de la palabra. Fue «orgánica» la decisión de
ajusticiar al primer ministro Eduardo Dato. La generalización de la respuesta
violenta a la violencia que se expresó en el asesinato de Salvador Seguí y de
Paronas fue decidida por el conjunto de la militancia barcelonesa, por entonces
ampliamente mayoritaria en la CNT. La creación del grupo «Los Solidarios», con
la función de golpear en los vértices de la represión, fue encomendada a García
Oliver -entonces militante de veinte años- por el comité de acción nombrado en
la reunión del Besos e integrado por cuatro miembros de los dos órganos
superiores confederales, hombres que se distinguieron a lo largo de su vida
pública por su moderantismo: Pestaña, Peiró, Piñón y Marcó. Sin embargo, la
posición de García Oliver ante la violencia individual aparecía formulada desde
la época en que organizaba, en un clima de áspera violencia, la Comarcal
confederal de Reus: «Cuando una organización no puede defender la vida de sus
militantes en el plano individual, debe hacerlo en la acción colectiva », dice
en la página 57, y antes de su primer exilio en Francia (1926) desarrollará
esta idea ante instancias orgánicas.
El convencimiento de la relativa
ineficacia de la violencia individual le llevará a teorizar y a defender la
aplicación de la «gimnasia revolucionaria» desde los primeros años de la
Segunda República. Es éste otro de los aspectos controvertidos de la
trayectoria de García Oliver, tachado de aventurerismo por muchos sindicalistas
de la época, para buen número de los cuales la «gimnasia revolucionaria»
debilitó a la CNT. Esta táctica no era sólo un arma interna contra la fracción
confederal treintista. Como método de lucha tuvo su ensayo general en los
sucesos del 8 de enero de 1933, movimiento preparado en lo esencial por el
Comité de Defensa confederal de Cataluña, integrado entonces por casi todos los
militantes que constituirán el grupo «Nosotros», sucesor sólo de alguna manera
del grupo «Los Solidarios». La significación y los resultados del aparente
fracaso que constituyó lo que fue calificado de putsch, fueron ampliamente
discu- tidos en las organizaciones confederales en los meses posteriores. La
organización, el desarrollo y las consecuencias de esa manifestación de la
«gimnasia revolucionaria» constituyen uno de los capítulos más importantes de
la historia de la CNT porque en él convergieron problemas de táctica y
estrategia, pero también problemas de estructura orgánica y de finalidad última
de la CNT; capítulo que todavía presenta muchos puntos oscuros y sobre el que,
a mi criterio, se detiene poco El eco de los pasos.
Los acontecimientos posteriores
demostrarán que la « gimnasia revolucionaria» había hecho de la CNT la primera
fuerza obrera de España y que hizo posible que sus organizaciones respondieran
victoriosamente al golpe de Estado militar en 1936. La «gimnasia
revolucionaria» era la manifestación práctica del análisis global que hacía
García Oliver de la situación política española. Transcribiendo una
conversacion suya con Durruti y Ascaso en 1931, dice García Oliver: «La
República, asentada en un punto neutro, sin sufrir vaivenes de derecha ni de
izquierda, se consolidará y sería la paz. Un espejismo de paz, pues seria una
república gobernada en defensa de los mismos intereses que defendió la monarquía.
España necesita hacer su revolución. Y porque la necesita, la hará. Y prefiero
que sea una revolución anarcosindicalista, siquiera sea porque, alejados de
toda influencia histórica, tendría el sello de la originalidad».
Este es el hilo conductor de la
acción de García Oliver. Hilo conductor que tiene que defender incluso dentro
del núcleo de sus más Íntimos, dentro del grupo «Nosotros», pues el putsch de
finales de 1933, cuyo objetivo es apoyar a las izquierdas políticas frente a la
derecha victoriosa electoralmente, representa un triple fracaso para García
Oliver, porque rompe la línea de conducta política que él defiende en la CNT,
porque se hace en contra del acuerdo del grupo «Nosotros» y porque la figura de
proa de ese movimiento será el propio Durruti, saltando por encima de los
acuerdos del grupo. Dejo la palabra al propio García Oliver:
«Me decía que mi concepción del
péndulo para impedir la consolidación de la República burguesa iba a entrar en
una fase decisiva. Ahora, me decía, las izquierdas tendrán que acudir a la
sublevación. Y habría que estar prevenidos, para no ser arrastrados por ellas.
Nosotros no debíamos hacer el juego insurreccional a nadie. Opinaba que los
acontecimientos se producirían de manera que nos permitiría hacernos con la
dirección revolucionaria de España. Los motivos alegados para la insurrección
-impedir la entrega del gobierno a las derechas- no tenían por qué afectar a
los trabajadores de la CNT, porque si los derechistas triunfaron se debía a que
por nuestra propaganda antielectoral los trabajadores no habían votado. Nuestra
propugnada "gimnasia revolucionaria" alcanzaba solamente a la
práctica insurreccional de la clase obrera al servicio del comunismo
libertario, pero, nunca para derribar ni colocar gobiernos burgueses, fuesen de
derecha o de izquierda».
La preparación y el desarrollo de
la sublevación de octubre de 1934 demostró la validez del punto de vista
defendido por García Oliver. El movimiento fue el resultado de un pacto entre
Largo Caballero y Companys, a espaldas de la CNT; lo que equivale a decir
contra la CNT, y en Cataluña lo fue descaradamente desde que el movimiento se
inició. Dice García Oliver: «En Asturias existía la Alianza Obrera, a la que
estaba adherida la Regional de la CNT. La única que secundó dicha consigna,
erróneamente o no. Pero la orden del movimiento revolucionario fue dada por el
Comité del Frente Popular, sin conocimiento previo de la CNT. En concreto, por
socialistas y comunistas. No obstante, los militantes confederales, generosos,
secundaron enérgicamente el movimiento y le dieron profundidad revolucionaria.
En Barcelona lo acontecido fue de comedia. Dencás, cabecilla máximo de Estat
Cátala, dirigía el movimiento desde el edificio de Gobernación. Badía, segundo
que aspiraba a primero, acompañado de policías catalanes, de guardias de asalto
y de algunos "escamots", paseaba con descaro, Thompson en mano,
deteniendo a anarquistas y a militantes de la CNT. Asaltó los locales de
Solidaridad Obrera y algunos otros locales de la CNT»,
Serios tratadistas condenan
todavía hoy la inercia de la CNT en la circunstancia.
Entre los historiadores no
simpatizantes con el anarquismo es lugar común una CNT dominada por la FAI. Las
relaciones entre una y otra fueron siempre origen de polémicas en la propia
CNT. Hoy esas polémicas vuelven a tener actualidad. En El eco de los pasos se
habla mucho de la FAI, pero de forma poco convencional. Peirats ha podido
decir: «Algunas personalidades que hablaban constantemente en nombre de la FAI
tuvieron más influencia que nosotros mismos, que la representábamos
oficialmente. Me refiero a Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti y Juan García
Oliver. Estos hombres tenían su pequeña FAI». Las relaciones entre ambas
organizaciones siempre fueron ambiguas y ello es lo que hace posible la
afirmación de Peirats y otras afirmaciones de García Oliver formalmente
contradictorias entre sí. Dice García Oliver: «La FAI había encontrado el gran
camino. Vigía de la revolución anarquista y proletaria, tuvo una voz fuerte -la
mía- en el Congreso nacional de 1931». El hecho es que el grupo «Nosotros» no
ingresa en la FAI hasta finales de 1933, y ello contra la opinión de García
Oliver, que aun siendo el más brillante orador de la tendencia «faísta»,
siempre manifestará una reacción negativa ante la FAI en tanto que
organización. El «faísmo» para García Oliver es una actitud vital, una
adscripción ideológica y no una adscripción formal a una organización llamada
FAI: «Ser "faísta" equivalía a ser anarcosindicalista revolucionario;
ser "treintista" a ser anarcosindicalista reformista, perteneciesen o
no unos u otros a la FAI o al grupo de los Treinta», se dice en la página 123
de El eco de los pasos.
Viene al caso citar la opinión
que esa FAI- organización le merece a García Oliver en el momento en que el
grupo «Nosotros» ingresa formalmente en ella: «Los que ya la dominaban
constituían, en potencia, la contrarrevolución. Aquellos "faístas"
terminarían por dedicarse al estrangulamiento de la revolución proletaria, de
la que los miembros del grupo "Nosotros" aparecíamos como
adelantados. Todos ellos eran fugitivos de la clase obrera que, como
periodistas, maestros racionalistas o escritores, habían logrado el milagro de
eludir las restricciones que imponía el acuerdo de no tolerar la duración de
más de un año en los cargos retribuidos. Disponían de mucho tiempo para
conspirar contra el grupo "Nosotros", cuyos componentes tenían que
repartir su vida entre el trabajo en la fábrica o el taller, el agobio de la
asistencia a las reuniones, los mítines y las conferencias y la responsabilidad
de los cuadros de defensa. A la larga, teníamos que ser dominados y eliminados.
Eran más peligrosos que los llamados "treintistas". Nosotros casi
siempre estábamos presos o perseguidos. En cambio, la mayor parte de la pléyade
de lidercillos que aspiraban a sucedernos, ninguno de ellos estuvo nunca
preso».
Sus memorias presentan a García
Oliver como un hombre de la CNT, como organizador, como hombre de grupo, de
asamblea, de pleno, de congreso, como orador, como hombre de acción, pero no
como burócrata. Hay una evidente repugnancia en García Oliver por la política
comiteril y en ello puede residir la causa de lo que cabría considerar como
fracaso personal en un hombre acusado reiteradamente de aspirar al poder
personal a partir de una organización obrera.
Lo que pone en evidencia la
lectura de El eco de los pasos es que los esfuerzos de García Oliver tendían a
hacer de la CNT una fuerza revolucionaria independiente y hegemónica. En
vísperas de la sublevación militar, en una reunión del grupo «Nosotros», García
Oliver veía asi la situación: «Estamos determinando que derechas e izquierdas
republicanas se incorporen a la táctica "faísta" de sacudir el
régimen republicano. La actitud de las izquierdas gubernamentales hasta el día
anterior ha sido francamente suicida. Si por haber perdido unas elecciones se
lanzaban a la sedicente revolución de octubre, ¿qué harían las derechas si,
desgastadas por las inícuas represiones que han desencadenado, perdiesen ahora
las elecciones dando paso a un gobierno de izquierdas revanchistas? Pues
secundarían el ritmo "faísta" y se lanzarían también a la revolución,
una revolución de signo militar fascista. ¿Hay quienes pretenden utilizarnos
para sacarnos de prisión y darnos después un puntapié salva sea la parte? Los
escuchamos y les damos un no. Rotundo no, pero no definitivo que nos permita ir
cediendo cuando se comprometan a entregarnos, antes o inmediatamente después de
las elecciones, tres partidas de armas y municiones para ser depositadas en
Zaragoza, en Sevilla y en La Coruña».
También en esta ocasión manifestó
Durruti disconformidad, adhiriéndose después, tras una intervención de Ascaso,
a las tesis de García Oliver. La estrategia triangular de García Oliver iba a
fracasar -Zaragoza se perdió, Sevilla se perdió, La Coruña se perdió-, y entre
las razones del fracaso el autor señala con razón el que la burguesía del
Frente Popular recogió los votos de los Cenetistas pero no cumplió sus
compromisos.
El Comité de Milicias fue, parece
ser, consecuencia de la victoria de los anarcosindicalistas barceloneses sobre
los militares sublevados -hay que insistir, gracias a la organización
paramilitar, a los cuadros de defensa, a los militantes confederales y a la
experiencia conseguida por la práctica de la «gimnasia revolucionaria». Nadie
desde la izquierda pretendidamente revolucionaria ha combatido seriamente a
posteriori al Comité de Milicias. El eco de los pasos demuestra que no fue una
creación de la CNT ni tampoco el instrumento revolucionario que pudo haber
añorado García Oliver. Pero éste se ha mostrado siempre como un hombre
pragmático que ha sopesado la relación de fuerzas en cada momento, y como el
Comité de Milicias fue atacado incluso antes de nacer, sobre todo desde la
Generalidad, pero también desde los Comités superiores de la propia CNT, García
Oliver se aplicó a defenderlo con todas sus fuerzas. Estas fuerzas eran las que
le daban la confianza de la militancia anarcosindicalista catalana. He aquí la
opinión que el Comité de Milicias y la situación general merecían a García
Oliver el 23 de julio de 1936, expresada en el Pleno regional de Locales y
Comarcales de la CNT y de la FAI celebrado en Barcelona: «Expliqué que el
Comité de Milicias se había tenido que constituir cuando ya Companys se había
arrepentido de haber sugerido su creación. Que los demás partidos y
organizaciones no creían -al igual que Companys- que el Comité de Milicias
pudiese servir de algo más que de Comisaría de policía de segunda clase. Afirmé
que los errores podían y debían ser anulados, tenida cuenta de que estábamos en
los inicios de un proceso revolucionario que podría ser largo en su
desenvolvimiento y durante el cual seguramente tendríamos que ir modificando
algunas actitudes y no pocos acuerdos. Expliqué también que la marcha
revolucionaria estaba adquiriendo tal profundidad que obligaba a la CNT a tener
en cuenta que por ser la pieza mayoritaria del complejo revolucionario no
podría dejar la revolución sin control y sin guia, porque ello crearía un gran
vacío, que, igual que en Rusia en 1917, sería aprovechado por los marxistas de
todas las tendencias para hacerse con la dirección revolucionaria
aplastándonos. Opinaba que había llegado el momento de que, con toda
responsabilidad, terminásemos lo empezado el 18 de julio, desechando el Comité
de Milicias y forzando los acontecimientos de manera que, por primera vez en la
historia, los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a
organizar la vida comunista libertaria en toda España».
Esta argumentación sólo fue
apoyada por el delegado de una Comarcal y fue impugnada por Federica Montseny
en nombre de los más puros principios ácratas y por Abad de Santillán, que
alegó el peligro de una intervención extranjera. García Oliver volvió a hablar
y dijo: «No podemos marcharnos tranquilamente a nuestras casas después de que
terminen las tareas del Pleno. No importa lo que el Pleno acuerde; ya no
podremos dormir en mucho tiempo, pues si nosotros, que somos mayoritarios, no
damos una dirección a la revolución, otros, que todavía hoy son minoritarios,
con sus artes y mañas de corrupción y eliminación, sacarán del vacío en que
habremos dejado a las masas. Y afirmo que el sindicalismo, en España y en el
mundo entero, está urgido de un acto de afirmación de sus valores constructivos
ante la historia de la humanidad, porque sin esa demostración de capacidad de
edificación de un socialismo libre, el porvenir seguiría siendo patrimonio de
las formas políticas surgidas en la revolución francesa, con la pluralidad de
partidos al empezar y con partido único al final. Y puesto que estoy sostenido
por una Comarcal, presento en firme la proposición de que la CNT vaya a por el
todo e implante el comunismo libertario».
García Oliver fue vencido por la
totalidad menos uno. Fue vencido -herida profunda- ante el silencio de Durruti,
presente en el Pleno. Y con él era vencido a más o menos largo plazo el recién
nacido Comité de Milicias. Y lo que es más grave, era vencida la propia
organización anarcosindicalista. «No salía de mi asombro», dice. «Acababa de
celebrarse el Pleno de Locales y Comarcales más insólito. Unos delegados,
convocados urgentemente, desconocedores de lo que iba a tratarse en aquel
Pleno, acababan de adoptar acuerdos que tiraban por la borda todos los acuerdos
fundamentales de la CNT, ignorando de paso lo más elemental de su historia de
organización fuertemente influida por los radicalismos del anarquismo. Y habían
sido elementos de la FAI los que la impulsaban a posiciones tan reformistas que
ni siquiera los "treintistas" se hubieran atrevido a enunciar,
quienes, por cierto, no habían intervenido en la discusión ni adoptado
posición».
Todo el contexto de sus memorias
pone de manifiesto que para García Oliver el Pleno que tendría mayor influencia
en la historia de la CNT no tenía otra validez que la formal, porque ese Pleno
estaba en contradicción con aquella historia. La militancia anarcosindicalista
barcelonesa había sido sangrada los días precedentes: 400 muertos y miles de
heridos. Y se quejará reiteradamente por la no publicación de las actas de ese
Pleno.
En algún lugar de El eco de los
pasos, dice García Oliver que no tiene vocación de Trotski. En la ocasión, ni
dio un portazo ni conspiró en los pasillos de los Comités orgánicos por los que
apenas se le vio mientras estuvo en funciones el Comité de Milicias. Esperó un
nuevo flujo del impulso revolucionario, tratando de conversar y crear
instrumentos para ese momento: «En el Comité de Milicias actué como querían los
militantes de base y los Comités de sindicatos, de secciones, de taller y de
fábrica; esto es, que se iniciase la revolución en lo político anulando al
gobierno de la Generalidad, y en lo social y económico impulsando las
incautaciones y colectivizaciones de la industria y la agricultura en los
pueblos de Cataluña y en los que liberaron en Aragón las milicias
anarcosindicalistas».
García Oliver sería acusado
copiosamente esas semanas de aspirar al poder personal. El eco de los pasos
subraya que en ciertos círculos de la CNT y de la FAI se vivía en el temor de
un golpe de mano de García Oliver contra las instituciones gubernamentales
tambaleantes pero todavía en pie. También revela sin tapujos el libro que ello
fue proyecto de García Oliver. Pero con la militancia anarcosindicalista. ¿Podían
temer los dirigentes de la FAI a un hombre solo? Estas fueron sus palabras ante
el grupo «Nosotros» pocos días después del Pleno: «Debemos aprovechar la
concentración de las fuerzas que mañana se pondrán a las órdenes de Durruti y
proceder al asalto de los principales centros de gobierno, Generalidad y
Ayuntamiento, con una rama de la columna que podríamos dirigir Marcos Alcón y
yo. Teléfonos y Plaza de Cataluña, con otra rama dirigida por Jover y Ortiz. Y
Gobernación y Dirección de Seguridad con otra rama dirigida por Durruti y Sanz,
pudiendo sumarse a cualquiera de ellas los Ascaso y García Vivancos, siempre
que estéis de acuerdo.
Habló Durruti. Siquiera ahora
romperíamos la incógnita de su actitud. «La argumentación de García Oliver,
ahora y durante el Pleno, me parece magnifica. Su plan de realizar el golpe es
perfecto. Pero a mí no me parece que sea éste el momento oportuno. Opino que
debería ser realizado después de la toma de Zaragoza, cosa que no puede tardar
más de diez días. Insisto en que debemos dejar esos planes para después de
tomar Zaragoza». Zaragoza no fue tomada.
Se ha acusado a García Oliver de
militarismo. Lo que revelan sus memorias es que le obsesiona una frase que oye
a los 7 años a unos obreros fugitivos en el Reus de la «Semana trágica»: «¡No
se puede con el ejército!». El Ejército, el ejército burgués y la manera de
enfrentarse a él será una preocupación constante en García Oliver y su grito de
victoria en julio de 1936 será: «¡Sí se puede con el ejército!».
Su propuesta de creación de
milicias sindicalistas confederales -que en realidad eran un hecho en la
Regional catalana- fue combatida en el Congreso de Zaragoza e interpelada
irónicamente por Cipriano Mera. Los hechos son tozudos. La mayor parte de sus
más íntimos compañeros de lucha -Sanz, Jover, García Vivancos, Ortiz, por no
mentar a Mera- terminaron la guerra como oficiales superiores. El no. Sin
embargo, como abundan sus memorias y como prueba la historia, ningún otro
militante anarcosindicalista inspiró más respeto a los oficiales profesionales
afectos a la República y surje automáticamente la pregunta de cómo no se hizo
nombrar jefe del frente de Aragón en vez de nombrar, de manera que los
timoratos pueden calificar de autocrática, al coronel Villalba.
Las páginas de El eco de los
pasos que tratan de la entrada de la CNT en el gobierno, de la aventura
-podemos decir grotesca- de Durruti yendo a morir inútilmente a Madrid, son de
las más instructivas de la obra. Una verdad hiriente, insultante, brota de
ellas: la debilidad política de los órganos supremos de la Confederación que,
en virtud de las excepcionales circunstancias, tenían -quisieran o no, y ése es
otro problema- que adoptar medidas urgentes y graves, tan graves que
comprometian irreversiblemente el futuro.
La disolución del Comité de
Milicias es una triste página de la historia de la CNT: «El Comité de Milicias
se constituyó para soslayar ir a por el todo. El Comité de Milicias se disolvió
por haber ido demasiado lejos. Se disolvía para dar paso a un Consejo de la
Generalidad de Cataluña. La Generalidad acabaría por ser absorbida en sus
funciones por el gobierno de Madrid, que no tenía ni apariencia de gobierno
revolucionario. Un pequeño salto atrás más y la CNT llegaría al final de su
cuesta abajo».
También fue una triste página el
acuerdo de un Pleno nacional de Regionales de la CNT de dar ministros al
gobierno de Largo Caballero. El haber sido ministro de un gobierno burgués es
el reproche mayor que se ha formulado contra García Oliver desde meridianos anarquistas.
En El eco de los pasos expone los argumentos que opuso ante Horacio M. Prieto,
antes secretario del Comité Nacional, contra la participación gubernamental y
contra su designación como ministro, en la que veía una maniobra para alejarlo
de Cataluña de quienes temían sus proyectos de «ir a por el todo» en la ocasión
propicia. García Oliver era consciente de que la fuerza de la CNT estaba en
Cataluña y de que allí se jugaba la posible imposible revolución. Es difícil
acusar a García Oliver de indisciplina orgánica, una vez se ha manifestado su
organización: fue ministro y, según los cánones establecidos, fue un buen
ministro. Es decir, defendió los intereses más inmediatos de una organización
que había decidido que participara en el gobierno. Pero no se manifiesta
cómodamente instalado en su sillón. Sabe que es precario. Su discurso en el
Coliseo de Barcelona, a finales del invierno de 1936, hace un balance sin
concesiones de la guerra y apunta claramente hacia la liquidación del gobierno
burgués a que pertenece y a la instauración del poder sindical.
Las memorias de García Oliver
resuelven problemas de la historia contemporánea de España. También plantean
sobre bases nuevas muchos otros. Se podría preferir, quizá, que fuesen
sacrificados no sólo «excursos y extravagancias», sino también algunas páginas
consagradas al penal de Burgos o al viaje a través de la URSS, en provecho de
una amplia exposición de los entresijos del Congreso de Zaragoza o de las
negociaciones para participar en el gobierno de la Generalidad o en el gobierno
central. Si de García Oliver se espera que lo diga todo es porque se supone que
lo sabe todo. Lo cual es inverosímil. Por ejemplo, la decisión de participación
gubernamental de la CNT es un proceso que se desarrolla al margen de García
Oliver. En tanto que testigo, es plausible que no pueda decir más de lo que
dice. Algo semejante sucede con las páginas de sus memorias dedicadas a los
sucesos de mayo de 1937. Ni sus mayores enemigos le han atribuido a García
Oliver el don de ubicuidad.
Mi exposición de los procesos
confederales en que García Oliver juega un papel relevante, y generalmente
deformado, ha de quedarse coja por imperativos de espacio. Sería necesario
analizar su acción en las postrimerías de la guerra civil -Plan Camborios y
Comité ejecutivo del Movimiento libertario de Cataluña- y en el exilio -Consejo
general del Movimiento libertario, Partido Obrero del Trabajo, la «Ponencia» y
gobierno republicano en el exilio- para que la exposición de la coherencia
política que creo ver en la práctica de García Oliver y en El eco de los pasos
no quedara amputada.
Libro amargo, lo es El eco de los
pasos, pero no es un libro pesimista. No significan una renuncia ni son
pesimistas estas palabras de García Oliver que bien podrían ser el colofón de
sus memorias: «Ni antes, ni durante mi gestión de ministro, ni durante el
tiempo que vegeté en Barcelona, me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni
de haber propuesto ir a por el todo. Este es el momento de aclarar la enorme
distancia que separa al anarquista del anarcosindicalista: aquél, siempre en
vela por las esencias puras del libertarismo, y éste enfrentado con las
realidades del complejo mundo social. Aquél, el anarquista, es una actitud ante
la vida; y el anarcosindicalismo es una actuación en la vida. Desde que un día
propusiera ir a por el todo, jamás dejé de esperar la oportunidad de poder
hacerlo».
José Martínez, en Tiempo de
Historia (1978)
|
Juan García Oliver
Posted on 10:15 by Librepensador Acrata
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ResponderEliminarMuy buen relato de la gesta revolucionaria de la CNT y sus maximos exponentes como fue Garcia Oliver luchando por un mundo mejor
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